Un joven lavaplatos español en un hotel de lujo en los Alpes
Elmo Solís
Elmo Solís (Madrid, 2005). Paso el tiempo de aquí para allá, like a Rolling Stone. Trabajo de lo que me ofrecen en lugares que capten mi atención, por lo general algo recónditos. Allí reorganizo ideas que se hayan visto enmarañadas por la vida en casa y llevo un estudio exhaustivo de lo cotidiano, narrativo y fotográfico.
Llevo los últimos tres meses trabajando en un hotel del Tirol austríaco. Aquí, caer en la rutina es un destino inevitable. Para conservar la cordura, debo mantener hábitos reconstituyentes. A raíz de mis conversaciones con los miembros más curtidos del personal, no he tardado en descubrir que la masturbación compulsiva y el consumo de cocaína solo te llevan hasta cierto punto. De ahí que siga un régimen estricto de actividad física e intelectual.
Aun así, es difícil no verse sumido en episodios temporales de psicosis. La semana pasada, me harté repentinamente de la nieve, el frío y la soledad. Mi cerebro quedó encharcado y me dejó inútil, acurrucado en un rincón buena parte de la mañana.
Mi trabajo consiste en lavar, pelar y trocear vegetales de todo tipo. Además, me encargo de la limpieza de la cocina y de los utensilios que aquí se utilizan. Todo buen lavaplatos sabe que la clave del asunto reside en el espacio. Cada rincón del enorme lavavajillas debe estar completo antes de ser puesto en marcha. Es algo así como resolver un puzzle metálico y maloliente.
Para secar los platos utilizo una funda de almohada vieja. El resto de la vajilla requiere un material más absorbente: las toallas de baño retiradas tras años de abuso por parte de los clientes resultan perfectas para el trabajo. Es una labor coreográfica que hace difícil mantener constancia del paso del tiempo. Esto es ventajoso en la medida en que uno sea capaz de sumergirse en trances meditativos que hagan pasar rápido las horas, pero puede ser peligroso si no se controla. Durante el primer mes, me vi tan envuelto en esta ensoñación que apenas salí un par de veces del hotel. Cuando me quise dar cuenta, estaba perdiendo la cabeza.
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