Fiona Pardington (Nueva Zelanda)

Bienal de Venecia Si la cultura es política, el arte ¿qué es?

Bárbara Celis

Corresponsal freelance en Roma para El País, CTXT, La Marea, the Ecologist, Domani, Directo al Grano y otros. Fue corresponsal para El Pais en Nueva York durante 12 años. También escribió desde Londres, Taipei y Madrid. Recientemente lanzó en Substack Crónicas Barbaras y en Instagram #ItaliaEn2Minutos, sobre cultura y noticias italianas. Ha sido consultora de comunicación para agencias de la ONU y para el Instituto Cervantes. Es directora del documental Surviving Amina. Ha recibido cuatro premios de periodismo y una Getty Arts Journalism Fellowship. Ha entrevistado a Tom Waits en un bar de carretera abandonado y a Lou Reed en chandal. Ahora le preocupa más la crisis climática y la extrema derecha pero la cultura sigue siendo su debilidad. 

¿Cuándo dejó la cultura de incomodar para empezar a seducir? ¿Dónde está la desobediencia, la rebeldía, la capacidad de desmarcarse de lo establecido de los artistas? La crisis que hoy atraviesa la Bienal de Venecia es mucho más que una disputa institucional. Es el síntoma de una transformación profunda: la progresiva conversión de la cultura en un espacio dominado por el mercado, la imagen y el poder. Esta y otras conclusiones extrae la autora en su visita a la exposición internacional de arte contemporáneo más antigua del mundo. 
 

Es posible que la primera señal llegara el día en que Jeff Koons se casó con Cicciolina pero seguramente entonces no nos dimos cuenta. Ese matrimonio estaba marcando la entrada del arte contemporáneo y hasta cierto punto, de todo lo que confluye en la palabra cultura, en una nueva dimensión. Corría el año 1991 pero sólo ahora, mirando hacia atrás, es posible atreverse a identificar esa fecha con el momento en que arte, comercio, celebrities, marketing, mujeres hipersexualizadas, millonarios e instituciones sellaron aquel sólido ‘sí quiero’. A partir de aquel momento, ayudados además por el fin del bloque comunista, la cultura comenzó a mover sus fronteras y sus preocupaciones y a difuminarlas para unirse a la búsqueda del sueño húmedo colectivo y capitalista de los noventa: triunfar, forrarse, ser célebre… 

Tras el entierro de Marx bajo las ruinas del muro de Berlin, hablar de lucha de clases, como llegó a hacerse en la Bienal de Venecia de 1968, dejó de ser cool para instituciones prestigiosas y creadores con aspiraciones. El dios dinero lo fagocitó todo, los obreros decidieron que su unico objetivo era tener coche y tele y la palabra intelectual perdió brillo. Ser artista, pobre y marginal dejó de ser la premisa con la que todo joven entraba en Bellas Artes y se cambió por la de “Mamá, quiero ser artista, cenar en sitios caros y salir en las revistas”. No hay nada malo en querer vivir de tu trabajo pero este nuevo sentimiento iba más allá, y sin duda hemos seguido avanzado en esa dirección, para mal.

Hoy los artistas aspiran a cenar en restaurantes con estrellas Michelin. Lejos quedó eso de comer en Food, el local que se inventó Gordon Matta-Clark en el Soho neoyorquino en los setenta, donde una noche cenabas huevos con contorno de tornillos y otro lechuga con pan, platos disparatados ideados por artistas a precios asequibles. Aún no éramos pijos. 

Pero poco a poco, de forma constante, la cultura se ha ido olvidando de que el objetivo no era comer bien si no alimentar el espíritu invitándonos a pensar, ejercer como motor de cambio. “Los artistas son las antenas de la sociedad” decía Ezra Pound, aunque yo me quedo con la frase de Bertolt Brecht “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma". Pero en pleno 2026 parece que esa idea resulta más bien molesta para el establishment artístico. 

Este año hemos visto como la Bienal de Arte de Venecia sufría múltiples terremotos, empañando con ‘problemas mundanos’ como guerras y conciencia lo que de otro modo habrían sido fiestas lujuriosas y negocios floridos de galerías que hoy son multinacionales y que en realidad sostienen el entramado económico de la Bienal. Luego están los coleccionistas y los nuevos ricos de las tecnológicas que en las últimas dos décadas han descubierto que codearse con artistas les hace parecer más cool. La bronca de Venecia les afeó la fiesta, aunque no impidió que corriera el champán. Total, todo se olvida. Y un mes después esa es exactamente la sensación. ¿Dónde está el martillo del que hablaba Brecht?

 

Metáforas porno y vídeos glamurosos 

Si la unión de Koons y Cicciolina es una fabulosa metáfora para ponerle fecha al principio de esta nueva forma de relacionarse con el arte, podemos encontrar otra más actual en un video protagonizado en mayo por la actriz Nicole Kidman, tan inexpresiva como manda el botox que consume con desmesura. Allí, disfrazada de ejecutiva, bailaba alrededor de ‘Danaïde’ una escultura de Brancusi que Christie’s sacaba a subasta en Nueva York. Un paripé que encima estaba ‘inspirado’ en una película de Man Ray y que solo puede tener una explicación: salpimentar con glamour al mundo del arte para estimular los monederos de los amantes del lujo. Y como el artista está muerto, sólo una actriz de Hollywood puede provocar el milagro. La obra se subastó por 107 millones de dólares. Rompió records. Hace 24 años se había vendido por 18. 

Si miramos otra vez hacia atrás es fácil darse cuenta de que los noventa también coinciden con el despegue de un personaje egocéntrico y de ambiciones napoleónicas como Donald Trump, quien también comenzó a construir su imperio económico en aquella época. En su caso se trataba más bien de una farsa muy bien cimentada en sus dotes de “vendedor de enciclopedias”, que con la ayuda de la prensa, que siempre se ha dejado obnubilar por los buenos vendedores, comenzó a hacerse un hueco mediático como gran empresario inmobiliario. Luego se ha demostrado que sólo tenía deudas y nunca pagaba impuestos pero eso no evitó que siguiera viviendo como un millonario y consiguiera cegar, en 2016, a toda la prensa estadounidense. 

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Andrés Serrano. Propuesta de un altar para Donald Trump en el pabellón estadounidense, que finalmente no se escogió. Se titulaba The Game All Things Trump. no era irónico. . 

Cabeceras tan serias como the New York Times o CNN le hicieron gratis el marketing de su campaña electoral dándole horas y páginas informativas bajo la premisa de “mira las tonterías que hace y dice este bufón”, que repetidas a todas horas como algo anecdótico, dejaron de ser anécdota para convertirse en doctrina para los casi 63 millones de votantes que le sentaron por primera vez en la presidencia de Estados Unidos en 2016. Si queréis echarle a alguien la culpa del marrón internacional en el que vivimos en 2026, la prensa ‘tradicional’ es la  responsable primigenia. Sin su inestimable ayuda —y la del algoritmo de Facebook, las otras redes aún no contaban— hoy no estaríamos flotando en caca. 

¿Qué pinta Donald Trump en este ensayo? Es necesario si queremos hablar de cultura y política, porque la cultura es política.“Toda cultura auténtica es crítica y toda crítica es política” escribía Edward Said. Otros intelectuales han ido más allá, como Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie” o la filósofa Martha Nussbaum, para quien “la cultura no es un lujo; es una necesidad para la vida democrática”.

 

Italia y Estados Unidos, en caída libre 

Tanto Italia como Estados Unidos viven uno de los momentos culturales más mediocres de su historia y toda la polémica que ha rodeado a la Bienal de Venecia no es sino la confirmación de que las guerras culturales emprendidas por Giorgia Meloni para imponer otra idea cultura, porque lo pedía la política, han sido un absoluto fracaso. Y en eso, su homólogo estadounidense se le parece mucho. Transformar las manifestaciones artísticas en burdas promociones de nacionalismos paletos o amiguismos internacionales a través de propuestas huecas y gestores impreparados nunca funciona.

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Laurie Anderson en el Arsenale. 

Trump, en su segunda presidencia al otro lado del Atlántico, también ha obtenido resultados lamentables: toda la influencia cultural que ha tenido Estados Unidos sobre Europa durante décadas ha quedado barrida por decisiones políticas que, curiosamente, también han salpicado a la Bienal. La muestra se ha convertido, sin quererlo, en el epicentro simbólico de una guerra cultural en la que hoy chapotean países, artistas, comisarios y por supuesto, políticos de todo pelaje. 

 El anodino artista Alma Allen, escogido por la oscura American Arts Conservancy, con la que Trump busca impulsar “los valores americanos”, confirma esta crisis institucional. Sus aburridas esculturas dentro de un pabellón que siempre figuró entre los imprescindibles de la Bienal hablan por sí solas: formas arrugadas o estiradas sin ningún interés. El día que lo visité, allí sólo había estudiantes americanas despistadas.

Italia y Estados Unidos se parecen en otras cosas. La irrupción de personajes como Trump en la política encuentra sus raíces también en Italia, en Silvio Berlusconi, pionero como Koons en reivindicar que el éxito consiste en abrazarse a un sueño húmedo: el del hombre hecho a sí mismo, el del empresario de éxito que ha triunfado en la vida y por lo tanto también será capaz de triunfar en la política. Presentándose ante los electores como gestor eficiente y millonario frente a una clase política supuestamente inútil acusada de no trabajar y maquinar entre bambalinas para acceder al poder, Berlusconi le vendió a los italianos que él era el hombre que necesitaban para dirigir el país, y consiguió hacerlo (y concentrar el poder político, económico y mediático en sus manos) durante cuatro legislaturas, ocupando el poder ‘on and off’ durante dos décadas. Si hubiera patentado la idea, podría haber vivido sin trabajar porque Berlusconi le abrió el camino de la política a docenas de empresarios reconvertidos en presidentes en todo el mundo, desde Trump a Vicente Fox en México, a Lee Myung- Bak en Corea del Sur, a Mauricio Macri en Argentina, a Sebastian Piñeiro en Chile... en fin, la lista es larga. 

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Obra de Jeff Koons en el Whitney Museum. 2014

Koons también responde al prototipo de gran hombre con un sueño: se casó con la actriz porno con la que millones de hombres en todo el mundo se acariciaban cada noche en su intimidad, incluyó a Cicciolina en su vida y en sus obras y en 2013 se convertía en el artista vivo más cotizado del planeta (hoy lo sigue siendo).

 

Italia, laboratorio cultural en decadencia 

Italia siempre ha sido un laboratorio de pruebas internacional, tanto en lo político como en lo cultural. Y por eso no parece casual que la gran bronca del siglo en la Bienal haya ocurrido bajo el gobierno meloniano.

Antes hubo otros despropósitos, como la ‘gran’ exposición sobre el futurismo en Roma, gran emblema de la cultura de derechas. Seguramente pasará a la historia por ser la primera muestra sobre los futuristas en la que, inexplicablemente, no se mencionaba el fascismo, sin el que no se puede comprender este movimiento. Pero los gestores del gobierno pensaban que esa palabra afearía la muestra y les haría parecer de derechas, y desapareció.

Por otro lado, si nos fijamos bien en lo que la cultura nos ofrece en otros países, con colas interminables en cualquier museo, galería o fundación, igual haya que darle la razón a Anish Kapoor, quien asegura que el capitalismo se ha cargado el espíritu transgresor del arte. “Antes entrabas en una galería y te enfadabas. ¿Cómo va a ser esto arte? Y esa reacción era buena. Ahora todo nos gusta. Algo va mal” ha declarado poco antes de inaugurar una mega-exposición en Londres (donde también habrá colas).

 

Historia de una bienal  

Expliquemos el contexto político. Primero, la beatificación de Pietrangelo Buttafuoco, director de la Fundación Bienal de Venecia desde 2024. Buttafuoco era una elección más que política: periodista hiper-televisivo y orgulloso descendiente del fascismo, también era amigo personal de la presidenta Giorgia Meloni, “la he visto crecer, venimos de la misma familia, por comodidad diría de la familia de derechas pero yo usaría otro término, la maldad”, declaró en la Rai en 2023.

Íntimo amigo del actual ministro de cultura Alessandro Giuli, el gobierno quizás pensaba que lo podría manejar a su antojo pero hablamos de un personaje con mucha personalidad, tanta, que incluso se ha hecho musulmán, y eso que para la extrema derecha italiana es una religión diabólica. Seguramente por eso no lo confiese en público. Con ese carácter, cuando estalló la bronca con la Unión Europea, que no quería un pabellón ruso en el corazón de Europa con una guerra en marcha contra Ucrania, Buttafuoco dijo que él creía en la libertad —sí, como Ayuso y el covid, a la izquierda le roban todas las palabras— y que los rusos se quedaban ahí. 

A Meloni y a su ministro la decisión les pareció mal porque les dejaba en evidencia frente Europa. Y evitaron ir a la inauguración de la muestra. Y cuando sus propios empleados se manifestaron porque tampoco querían que Israel participara con un genocidio en marcha, Buttafuoco se quedó callado, mientras el ministro de Cultura llamaba a Belu-Simion Fainaru, el artista que representaba a ese país, para darle una palmadita en la espalda y convencerle de que no denunciara a Italia por discriminación, que ya tenían mucho lío con los rusos.

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Nicholas Hlobo, Silent Wind Orchestras

Al final, Rusia e Israel se quedaron en la Bienal, y las protestas han ido languideciendo. Además, el jurado dimitió diez días antes de inaugurar. Claro que Buttafuoco tiene recursos para todo: se inventó inmediatamente los Leones del Público, premios que sustituirán a los que tendría que haber entregado el jurado. Sin embargo, la mayoría de los 110 artistas invitados, en solidaridad con el jurado dimisionario, ha pedido no ser incluido en los premios. No quieren sus nombres en las papeletas. Lo han dicho por activa y por pasiva: por carta, en la prensa, les falta poner pancartas en la puerta. La dirección de la Bienal no les escucha: a mediados de junio, al escanear el QR code de la entrada para votar, aún figuraba la lista completa de artistas. Buttafuoco ha dicho que no se contabilizarán los votos de esos artistas. Pero claro, el visitante no tiene un manual de instrucciones para votar así que los Leones del Público no se corresponderán con la realidad de este supuesto acto que buscaba “democratizar el juicio sobre el arte” según proclamó Buttafuoco. 

En medio de todo esto cabe preguntarse, ¿dónde está la desobediencia, la rebeldía, la capacidad de desmarcarse de lo establecido de los artistas?

Es verdad que han firmado cartas de protesta y se cerraron pabellones el día de la inauguración pero ¿existirían posibilidades más radicales como desmontar su pabellón y largarse? ¿Coger su obra del Arsenale y decir “no quiero compartir espacio con Israel”? ¿Dónde ha quedado la auténtica rebeldía? Por otro lado, ¿por qué exigirle a los artistas plásticos lo que no hacen músicos, actores o escritores con muchísima más influencia mediática?

Pasa un poco con casi todo hoy, se protesta, se grita, te quedas ronco, pero al final te quedas pegado al móvil dándole likes a la flotilla pero ahí fuera no cambia nada.
 

El arte (que se escucha) 

Hoy pasearse por la Bienal —titulada Minor Keys— te deja un sabor agridulce. Por un lado aún nos queda la performance, y no hablo de Marina Abramovic, que también está en Venecia y ahora también vive la ‘high life’ como Koons, aunque ella ha abrazado el rollito new age (ahora ofrece cristales sanadores en lugar de huesos de asesinados en la guerra) y lo despliega en el Museo dell’Accademia. No, me refiero a Florentina Holzinger en el pabellón austriaco, que ha triunfado entre el público porque cumple con varios requisitos, entre ellos el de entretener, imprescindible en este siglo de con capacidad de atención limitada. 

Holzinger utiliza el cuerpo desnudo de las mujeres de forma completamente opuesta a la hipersexualización que arrasa en el mundo real y virtual y además, reflexiona con acierto e ironía sobre ese apocalipsis lento que es la crisis climática de la que el mundo ha decidido olvidarse porque ni a Trump ni Meloni les preocupa.

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Florentina Holzinger. Pabellón Austria.  

Ella y la belga Miet Warlop —mujeres, siempre mujeres— no sólo provocan sino que piensan y nos hacen pensar y ahí reside siempre el secreto de por qué el arte es necesario. Pero la invitación a pensar de la Bienal se pierde sumergida en la cantidad de cosas que se acumulan en esta muestra que en su epicentro, el Arsenale, a veces recuerda a un almacén. Es una auténtica sobredosis que, o te la bebes a pequeños sorbos, y para eso hace falta dinero y tiempo, o verla de golpe en un día agota y frustra, porque es casi imposible digerirla. Creo que aquí, sin duda, habría que aplicar la máxima de menos es más.

Es muy difícil entender qué es hoy el arte contemporáneo y qué buscan los artistas pero tras visitar Venecia durante tres días yo me llevo a casa la sensación de que muchas de las obras que me han tocado el corazón o la cabeza ni siquiera estaban en la parte oficial de la Bienal: me las he encontrado perdiéndome por las calles de Venecia, tomadas durante seis meses por manifestaciones artísticas de todo género. En los jardines sí vi obra que dejó poso, por ejemplo las 50.000 postales de Oriol Vilanova, representante del pabellón español, que al primer impacto pueden parecer una idea fácil y tonta y sin embargo, construyen imágenes que no se te van de la retina. También recuerdo a las alemanas —siempre dispuestas a darnos un zarpazo reivindicativo, conceptual pero sin pasarse—; una de ellas, Sung Tieu, ha copiado y reproducido el exterior del edificio en el que vivía en Berlín, hoy demolido para hacer apartamentos de lujo y ha tapizado con una réplica en mosaico todo el exterior del pabellón alemán. Lo ha titulado “La dignidad humana debe ser inviolable”.

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Henrike Naumann. Pabellón Alemania.
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Sung Tie. La dignidad humana debe ser inviolable. 

Me gustó Brasil con sus artistas Adriana Varejão y Rosana Paulino, con una propuesta delicada sobre espiritualidad y naturaleza y colonialismo aunque la contradicción llega al leer los títulos de crédito: financia Petrobras, la petrolera estatal… Y es que, si algo se puede decir de la actual situación del arte es precisamente que vive inmersa en una contradicción, la misma que te lleva a odiar el pabellón estadounidense (que antaño se idolatraba) y a adorar el Jardín Místico de las Carmelitas Descalzas que ha montado el Vaticano, un mini país que naturalmente uno asocia a los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina y que, sin embargo, tiene la propuesta sonora más disfrutona de la Bienal junto a la Deep Listening Station de Pauline Oliveros en el Arsenale. Escuchando ambas obras creo que sentí que aquello sí era arte, pero es solo una sensación personal.

El jardín místico es un buen lugar para cerrar el periplo artístico veneciano, porque además está al lado de la estación: dejas las maletas, te pones unos cascos con sonido top y te sumerges en el verde mientras escuchas un collage sonoro construido con poesías de Patti Smith, cantos gregorianos de Holly Herndorn, sonidos de Brian Eno, Terry Riley, FKA Twigs, Devonté Hynes o Jim Jarmush, ruidos de agua, voces, todo organizado por espacios; el sonido cambia según donde estés. Es una invitación a pararse a escuchar y en medio de tanto ruido artístico, cultural, y político, seguramente sea una de las obras —comisariadas por Hans Ulrich Obrist y Ben Vickers— que mejor ha sabido recoger el guante lanzado por Koyo Kouoh, la comisaria de la Bienal, fallecida un año antes de la inauguración.

Su declaración de intenciones para Minor Keys arrancaba así: “[Respira profundamente] [Exhala] [Relaja los hombros] [Cierra los ojos] Esta es una invitación a cambiar a una marcha más lenta y sintonizar con las frecuencias de los tonos menores”. El pabellón vaticano se llama “The ear is the eye of the soul”. Lo decía una santa llamada Hildegarda de Bingen. Pero aún siendo atea, le voy a dar la razón aunque solo sea porque antes de la revolución, hay que pararse a respirar y coger impulso.

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No es Pipilotti, es Venecia. Bárbara Celis

Arte Bienal Venecia | Bienale | Jeff Koons | arte contemporáneo | Cicciolina | Walter Benjamin | Nicole Kidman

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